Después de la desintoxicación y de un tiempo de tratamiento, muchas personas sienten una mezcla de orgullo y miedo: orgullo por lo logrado y miedo a volver atrás. Hablar de recaídas no es llamar a la mala suerte ni desconfiar de uno mismo. Al contrario, conocer cómo funcionan es una de las mejores herramientas para sostener el cambio y para reaccionar a tiempo si algo se tuerce.
Qué es una recaída y qué no es
Se habla de recaída cuando, después de un período sin consumir, la persona vuelve al consumo y al patrón que tenía antes. A veces hay un consumo puntual que se corta enseguida; otras veces ese primer consumo arrastra todo lo demás. En ambos casos es una señal de que algo del plan necesita ajustarse, no una prueba de que el tratamiento no sirvió o de que la persona “no tiene arreglo”.
Las adicciones son problemas de salud que suelen requerir cuidados sostenidos, como otras enfermedades de larga evolución. Por eso la prevención de recaídas es una parte central de cualquier tratamiento, y no un tema que se toca solo cuando ya pasó.
La recaída empieza antes del consumo
Pocas veces una recaída aparece de la nada. Suele haber un recorrido previo que, mirado con atención, se puede detectar:
- Señales emocionales: irritabilidad, aislamiento, dormir mal, sentirse vacío o sobrepasado, dejar de cuidarse.
- Señales en los pensamientos: recordar el consumo solo por lo bueno, pensar que “por una vez no pasa nada”, sentir que ya está todo controlado y que no hace falta seguir con el tratamiento.
- Señales en la conducta: faltar a las sesiones o al grupo, volver a lugares o contactos ligados al consumo, guardar plata “por las dudas”, mentir sobre cosas pequeñas.
Reconocer estas señales en uno mismo no es fácil. Por eso ayuda que alguien del entorno o del equipo tratante las conozca y pueda avisar con respeto cuando las ve.
Situaciones que suelen poner en riesgo
Cada persona tiene sus propios disparadores, pero algunos se repiten: el estrés por el trabajo o la plata, las discusiones, la soledad, el aburrimiento, el cansancio, las fiestas y celebraciones, las fechas significativas y los lugares o personas asociados al consumo. También las emociones positivas pueden ser un riesgo: festejar un logro puede despertar la idea de que “me lo merezco”.
Muchas de estas situaciones se pueden anticipar. Si se acerca un casamiento, un viaje, un cumpleaños o una fecha que te remueve, conviene hablarlo antes con tu terapeuta o tu grupo: con quién vas a ir, qué vas a tomar en lugar de alcohol, a qué hora te vas a ir y a quién vas a llamar si te sentís incómodo. Llegar con un plan no quita la incomodidad, pero evita tener que improvisar justo cuando las ganas aprietan.
Cómo armar un plan de prevención
Un plan de prevención se arma junto con el equipo tratante y se va revisando con el tiempo. Suele incluir:
- Una lista de tus situaciones de riesgo y qué vas a hacer en cada una: evitarla, irte antes, ir acompañado.
- Personas a las que podés llamar cuando aparecen las ganas, y el acuerdo previo de que lo vas a hacer.
- Una rutina con horarios de sueño y de comidas, actividad física y espacios que te hagan bien.
- Actividades nuevas que ocupen el tiempo y el lugar que antes tenía el consumo.
- La continuidad del tratamiento y, si suma, de un grupo de pares, aun cuando sientas que ya no lo necesitás.
La familia también puede ser parte: saber cómo acompañar sin vigilar todo el tiempo y cómo cuidarse en el proceso. En la página para familias hay orientación sobre eso.
Si volviste a consumir
Lo más importante es no esconderlo y pedir ayuda cuanto antes. Contale a tu terapeuta, a tu equipo o a alguien de confianza qué pasó, qué venía pasando antes y qué sentiste. La culpa y la vergüenza son esperables, pero si se convierten en silencio empujan a seguir consumiendo.
Hay un riesgo que conviene conocer: después de un tiempo sin consumir, el cuerpo pierde tolerancia, y volver a la misma cantidad que antes puede provocar una intoxicación grave. Si aparecen convulsiones, pérdida de conciencia, confusión intensa, dificultad para respirar, dolor de pecho, alucinaciones o ideas de hacerse daño, llamá al 911. Y si la recaída fue con alcohol o con psicofármacos y se sostuvo, volver a dejarlos también requiere supervisión médica: no lo hagas de golpe por tu cuenta.
Si sos familiar y te das cuenta de que hubo una recaída, intentá no reaccionar con reproches ni con un “te lo dije”. Lo que más ayuda es decir lo que viste con calma, recordar que hay un tratamiento y un equipo con quienes hablarlo, y alentar que la persona lo cuente ella misma.
Si no sabés a quién recurrir, podés llamar a la Línea 141 de SEDRONAR, gratuita y anónima, o escribirnos para que te ayudemos a retomar el camino.
